E 30 La tía Aurorín

joyamyrurgiaaLa tía Aurorín tenía muchísimo carácter…tanto, que aún no sé cómo le cabía en aquel cuerpo diminuto  que tenía. Cada sábado, bien temprano, llegaba a nuestra casa con todos los caballos de su 600, impecable y siempre puesto a punto, de señora mayor. Desde la cama, bien calentitos, oíamos el golpetazo que le propinaba a la puerta del coche para que quedase bien cerrada, y casi al mismo tiempo, comenzaba a atravesar el ventanal, hasta nuestras naricillas, una nube aromática de su perfume Joya de Myrurgia…todo un empacho nasal para esas horas tempranas del sábado, y que nunca sabías definir con exactitud si olía bien o mal.

Acto seguido, se escuchaban sus taconcillos, que la llevaban hacia la cocina. Allí, mi madre, que, sin saber porqué, perdía toda la autoridad en la casa mientras la tía Aurorín la habitaba,  ya le había preparado su café con leche. Nos daba risa, porque le daba vueltas al café con tanta energía y frenesí, que aquello parecían las campanas de El Escorial.

Luego, comenzaba la ronda por las habitaciones…yo creo que en otra vida la tía Aurorín había sido teniente o coronel del ejército; tenía trabajo para todos, y lo repartía que era un primor. Los sábados por la mañana, son para hacer el ganso, relajarse, oír música, hacer planes para la tarde, o no hacer nada…Con ella no se podía…¡nos hacía hacer hasta el pan! Siempre decía que mi madre era una blanda, y mi padre un consentidor, que lo que nos hacía falta era alguien que nos llevara rectos…¡qué mala!

Ese día, cocinaba ella, y la verdad que lo hacía todo bien rico…aunque necesitaba por lo menos cuatro pinches de cocina…jajaja! Y así seguía el activísimo sábado, hasta que más tarde, nos hacía su aportación a la huchas y desaparecía en su 600 hasta el sábado siguiente.

Ahora somos nosotros los que venimos a verla a la residencia. La pobrecilla, ni nos reconoce; nos mira, nos ve…pero no sabe quiénes somos. Aún la dejan llevar sus taconcillos. Con el tiempo, hemos comprendido que no podía dejar de vernos un solo sábado, porque no tenía a nadie más, y nadie le guarda ningún rencor. Al contrario…ella nos enseñó a hacer un montón de cosas y, sobre todo, a huir de la pereza.

Y qué impotencia ver el envoltorio de un ser querido, y darse cuenta de que él no está dentro de ese envoltorio, sino muy, muy lejos…

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6 Respuestas a “E 30 La tía Aurorín

  1. Gracias! Algo triste, pero tb divertida. Un abrazo!

  2. Hola Rafelin! Me ha encantado el relato, es una pena que cuando lleguemos a mayor perdamos muchas de las facultades.

  3. Kissi, si que lo es…por suerte ellos no sufren, pero el entorno sufre mucho. Voy a visitarte, que ya me pica la curiosidad de tus habas…jaja!! besos!

  4. Que historia más bonita!! Si, el final es un poco triste, pero estoy segura que la tía Aurorín fue muy feliz con vosotros (aunque no lo dijera) y lo importante en la vida es que cuando ya no estás alguien te recuerde. Besos.

  5. Gracias Amparo! Aunque sea sólo una historia, nos pasaron casos parecidos, y te aseguro que se pasa mal. Pero siempre guardamos el recuerdo bueno, afortunadamente, de cuando estaban bien.
    Besotes niña!

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